Luego de un aterrizaje movidito (en el que casi devuelvo mi escaso y tempranero almuerzo) y luego de haber adquirido nerdeses en el simpatico local de HMV, estamos en París. 8 días de pura sorpresa me esperan.
Mi visión de esta parte del viaje es la del marciano que no espera nada y a la vez espera todo: no sé nada de acá, me cuesta hablar su idioma, pero espero que me guste. Pretendo dejarme llevar y ser guiado por mis padres, amplios conocedores de la ciudad luz. Claramente esto probará no ser cierto y al segundo día, al ver algunos intentos frustrados por tomar iniciativas, tendré que ponerme las pilas e intervenir.
Primer dato curioso: los taxis son autos de lujo. Lo más choto, un 307.
La zona del aeropuerto no me gustó, era más bien chota. Rápidamente me hizo pensar "y esto es París?" A medida que fui entrando, me fui entusiasmando más.
El primer día se diluyo, pero trajo consigo renovadas ganas de sacar fotos: rápidamente descubrí que la arquitectura de este lugar me puede.
Sí, hasta en Francia quieren ver la última de Harry Potter. Foto desde el taxi.
Desde mi habitación.
Monumento de la Bastilla, así, de la nada, en mi primera caminata parisina recién llegado.
Paisaje urbano de un atardecer parisino.
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